lunes, septiembre 13, 2004

Si Emma Goldman fuera anarcopunk

Rafael Uzcategui
rafaeluzcategui@hotmail.com

Diversidad y respeto. El movimiento libertario se ha caracterizado por reforzar la búsqueda de los individuos y valorar el aporte de cada un@ la justicia social. Atendiendo unos principios (libertad, justicia social, rechazo a la división entre dominantes y dominados, consideración al medio ambiente, combate al poder en cualquiera de sus formas...) infinidad de personas han enriquecido el árbol anarquista con sus reflexiones particulares. A diferencia de otras corrientes el ideario ácrata no se agota en el pensamiento de UNA persona. El anarcobakuninismo o el anarcomagonismo (o similares contemporáneos) no pasa de ser un mal chiste de quienes desean valorarlo con anteojos prestados de otras izquierdas.

¿A qué viene todo esto? A que cada uno de nuestros latidos son necesarios y pertinentes para el funcionamiento del músculo cardíaco libertario. Uno de los retos actuales del movimiento antiautoritario es poder enlazar a todas sus tendencias en una coordinación efectiva y respetuosa de las autonomías sectoriales. Cada estrategia adoptada, cada esfuerzo tiene igual de importancia para recorrer el camino hacia acracia. ¿Quién puede tener la potestad de jerarquizar la valía del funcionamiento de una biblioteca o un comedor popular, el trabajo en una comunidad, la organización gremial, escribir una poesía, una canción, una pinta en una pared o el artículo para un fanzine? Sólo aquellos de pensamiento vertical se toman tal atrevimiento. No es sencillo deseducarse de todos los vicios de un sistema basado en la competencia y el egoísmo. Por eso debemos vigilar nuestro silencio cuando tengamos la tentación de imponer bitácoras personales o grupales a los esfuerzos de l@s otr@s. Creer que nuestro trabajo es el único valioso dentro del movimiento es una impostura. Al contrario, será un tesoro en la medida en que se vincule con otros en la práctica común de las diferencias y los acuerdos.

Para quienes el punk anarquista es la piedra de jade en su cotidianidad y un espacio lúdico de identidad y comunidad (entendida como el reconocimiento de otros con señas similares a las nuestras), tratamos de que esto conocido como “escena” sea un laboratorio. Experimentar aquí y ahora formas de relaciones que se parezcan a eso que nos palpita en el pecho. Convertir cada concierto de bandas amigas en una fiesta y cada disco, como este, en una excusa para celebrar la vida. Teniendo a los cuatro o cinco acordes como banda sonora, aprovechar el espacio del recital para compartir un escrito o un verbo de aliento o de fuego. Un plato de comida con la menor crueldad y explotación posible y refrescar con un vaso de bebida gargantas resecas de cantar (o gritar consignas) junt@s. Este espacio debe ser valorado en su justa medida y trascender la mercantil valoración de los cancerberos que desean condenarlo a, como el acné, ser una manifestación pueril de rebeldía adolescente. El anarcopunk no tiene ya nada que ver con el punk. Suerte a quienes desean clonar bandas como Blink 182 u Offspring. Nuestro espacio no se somete a los caprichos de la MTV; sus expresiones son un reflejo de nosotr@s mism@s. Indómitos, queremos construir nuestro camino y nuestras experiencias.

Pero nuestra rebeldía y nuestra contracultura debe dosificarse con humildad. Si combatimos al poder no es para afirmar el nuestro en su lugar. Gentiles y seductores, con fines y medios fusionados en aleación alcalina, ofrecemos una comunidad de cosas y valores como un amoroso tributo a nuestros pares. Entendernos como una partícula dentro de un universo heterogéneo es la kriptonita que debilita la prepotencia. Son muchas las maneras que tenemos para mostrar (el espíritu autogestionario del hazlo tu mismo, la febril creencia en nuestras capacidades creativas), pero también pesan toneladas lo que podemos aprender de quienes no pertenecen a la “escena”. Por otra parte, son infinitas las posibilidades de realizar trabajo en conjunto pues son muchas las instituciones y prácticas de poder que nos aquejan por igual. Como anarcopunks debemos dejar de mirarnos el ombligo. El narcisismo de Dorian Grey es maravilloso dentro del relato de Oscar Wilde, pero patético cuando se convierte en una constante de un pretendido “movimiento” que sólo tiene una estética para mostrar. Tenemos mucho más que eso –y lo sabemos- pero la única manera para constatarlo son nuestras propias palabras convertidas realidad.

El reto es doble: por un lado profundizar en todas las posibilidades de convivencia de nuestra propia comunidad de resistencia –y su mantenimiento en tanto espacio-, y por otro, establecer lazos permanentes con los movimientos sociales que luchan por las problemáticas que tarareamos en las canciones. Estos tiempos de resaca producidas por la debacle de las experiencias “socialistas” dan paso a una época en que inéditas formas de organización, expresión y relación tomarán forma. Se acabaron los días del “sujeto único” de la transformación: Obreros, estudiantes, amas de casa, indígenas, ecologistas, gays, rockeros de todas las variantes y punks anarquistas; sus saberes y enfoques particulares, serán imprescindibles para cualquier cambio. Ese es el mundo en el que caben todos los mundos que reivindican los zapatistas, y en que como anarcopunks tenemos un sitio. Si Emma Goldman viviera ahora en Latinoamérica sería anarcopunk y escribiera en las paredes “Si no puedo pogear no es mi Revolución”.